sábado, 21 de agosto de 2010

donde esté un cocinero entrado en carnes...

De Estrasburgo a Lyon pasamos 6 horas en un Corail, que por si no lo saben, no es un Tren Gran Velocidad. Es un tren regional con cortinillas y ventanas que se abren. Daniel y Elisa no lo sabían y disfrutaron mucho del viaje. En distinta proporción.

Las cortinillas del Corail merecen un párrafo aparte. Son verdes. De un verde cuyo pantone está ya en vías de extinción. Los pliegues están en perfecto estado de revista, planchaditos al milímetro. Además, el verde del techo abobedado del vagón hace juego con las cortinillas.

Esto es lo más reseñable del viaje. Eso y el paisaje, que disfrutamos a intervalos. 

En Lyon, esa misma tarde nos fuimos a dar una vueltecita en Velo’p al Vieux Lyon. 

Callejeando por el Vieux Lyon, se nos abrió el apetito, y no dió tiempo a ir en busca de las recomendaciones de Cristina. Nos tentó un restaurante muy entrañable. Entramos, decididos a relamernos con la cocina local. Para eso estábamos en la capital de la gastronomía.

El chef daba la bienvenida con sonrisa bonachona. Y nos cautivaron sus redondeces y sus mejillas sonrosadas. Símbolo inequívoco de que en el aquel lugar se tramaba algo bueno. 

Nos abrió los brazos como un padre que acoge en su seno a dos hijos que han vagado por el mundo comiendo mucha insustancia. 

Era necesario reservar, pero él nos acompañó al mejor salón. Nos sentó en la mejor mesa. Nos ofreció el menú a 28 euros. Y trajo el agua de la municipalité, sin preguntar. 

Y aquí va lo mejor. Daniel, más conocido en su entorno como Don Melindres, no hizo asco a las delicias locales:

Salade Lyonaise, avec lardons et oeuf poché.
Escargots
Andouillette.
Pied de cochon Saint Antoine
Tarte tatin
Arrosé con vino blanco Macon y Beaujolais.

Haítos, nuestro bienhechor vino a despedirnos con la sonrisa satisfecha por el deber cumplido. Y nosotros rodamos por el puente del Saone, y luego, del Ródano, hasta la cama, a digerir nuestro manjar.

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